Tlaxcala sí existe
A veces las mejores historias no se buscan, simplemente aparecen cuando te dejas llevar. Estaba recorriendo Tlaxcala en busca de algo tradicional, sin saber bien qué. La noche anterior la había pasado en el zócalo de Tlaxcala escuchando el Grito, ese llamado a la independencia con el que México arranca cada 15 de septiembre los festejos del 16. Miles de personas, una voz desde el balcón del palacio de gobierno, cohetes y olor a comida callejera. Al día siguiente todavía traía el eco de esa noche encima, sin plan fijo, moviéndome al ritmo de lo que fuera apareciendo, como suele pasarme cuando viajo.

Durante más de dos décadas me he dedicado a escribir libros especializados y artículos sobre fotografía. En todo este tiempo, he puesto a prueba numerosos sistemas de cámaras y he seguido muy de cerca la evolución de la industria. Para mí, siempre ha sido fundamental enfocarme en el uso práctico: ¿qué equipo funciona realmente en el día a día?, ¿qué es lo que de verdad importa en el momento decisivo? y ¿cómo se le puede sacar el mayor provecho a nuestras herramientas fotográficas?
Así llegué a Santa María Ixtulco, un pueblo pequeño cerca de la ciudad de Tlaxcala. Y ahí, en medio de una plaza, había un palo alto de madera oscura que alguien claramente había untado con litros de grasa, el palo encebado. Rodeado de un montón de jóvenes.


Nunca había escuchado hablar del palo encebado. Eso fue justo lo que hizo tan especial ese momento: descubrir algo completamente inesperado, sin preparación previa, sin ninguna expectativa.


Palo encebado: Un palo, una fiesta, un pueblo entero
Lo que vi ahí se entendía solo, sin que nadie tuviera que explicarme las reglas: un tronco alto, pelado y engrasado de arriba abajo, con premios amarrados en la punta, bolsas con despensa y tequila, según me enteré después.


Grupos de jóvenes que se subían unos sobre los hombros de otros, se apoyaban, se resbalaban y volvían a empezar. Todo el pueblo alrededor, echando porras, riéndose cada que alguno de los trepadores se venía abajo aparatosamente.


El palo encebado, también conocido como cucaña, es parte fija de muchas fiestas patronales en México. Su origen se ubica frecuentemente en la Nápoles del siglo XVI, donde representaba al Vesubio antes de simplificarse en un simple palo.


Otros lo relacionan con la leyenda de la tierra de la abundancia o con el mayo español, una antigua celebración de fertilidad. Durante el Virreinato la tradición llegó a México y desde entonces se ha mantenido viva en incontables pueblos y ciudades, de Tamaulipas a Tlaxcala.
Lo que sostiene la competencia no es la fuerza individual sino el trabajo en equipo. Nadie sube solo. Solo cuando varios se apilan unos sobre otros, dándose apoyo con hombros y brazos, la cosa empieza a avanzar. Eso es justo lo que convierte al palo encebado en algo más que un juego de habilidad: se lee frecuentemente como símbolo de perseverancia, comunidad y la capacidad de superar obstáculos que solos serían imposibles. Caerse es parte del asunto, una y otra vez, hasta que al final alguien llega arriba.


¿Cómo fotografié esto?
Con luz de día en una plaza abierta, la apertura, la velocidad de obturación (shutter speed) y el ISO son casi el menor de los problemas. Había suficiente luz y la técnica prácticamente se manejó sola. Fotografié todo con la Fujifilm X-S20 y un objetivo de 35 mm, sin cambiar de objetivo en ningún momento. El verdadero reto estaba en otra parte: acercarme lo más posible a la acción, meterme en medio del gentío, justo donde salpica la grasa y la tensión está al máximo.


Un objetivo de 35 mm te obliga a moverte. A diferencia de un objetivo zoom, no puedes quedarte cómodo desde atrás acercando la imagen. Tienes que abrirte paso físicamente entre los espectadores, encontrar huecos, pararte entre la gente que también está vibrando con el momento. Eso fue justo lo que me ayudó a acercarme a los rostros, las manos, el esfuerzo, en lugar de hacer tomas abiertas y distantes desde lejos. La distancia focal se aproxima a lo que percibe el ojo humano, así que las imágenes se sienten integradas al momento, no como si las estuvieras observando desde afuera.
En la práctica eso significó no parar de moverme: cambiar de posición cada vez que el grupo se reorganizaba alrededor del palo, y cuidar de no terminar yo también embarrado de grasa. Para quienes estén empezando y quieran hacer algo similar: un objetivo fijo luminoso como un 35 mm suele ser mejor opción que un zoom para escenas caóticas y cerradas como esta. Simplemente pasas menos tiempo pensando en la técnica y más tiempo acercándote lo suficiente para contar la historia.
Puedes encontrar más reportajes fotográficos interesantes, como el de Thorsten recorriendo las calles de París. También vale mucho la pena el artículo sobre el barco museo Cap San Diego. Y si quieres saber más sobre Tlaxcala, aquí también hay una serie fotográfica sobre el tejido artesanal de la región.
Fotos: Jürgen Wolf
También disponible en alemán: Eingefettet und entschlossen: Der Palo Encebado von Santa María Ixtulco.




